Por qué conducir encima de tu máquina de dos ruedas por lugares desconocidos.
Simplemente, si siempre te han atraído las motos, llega un momento en que sientes que ha llegado la hora y ese día lo ves claro, tomas la iniciativa y decides que es la hora de sentir el aire, la libertad y muchas sensaciones más que sólo haciendo rutas por otros lugares puedes sentir.
Si a todo eso le añades que te rodeas de amigos dispuestos a compartir junto a ti todas esas sensaciones y aventuras, es el empujón perfecto, no falta ningún ingrediente más, sólo falta encontrar el momento.
Cuando se plantea por primera vez todo es nuevo y en tu cabeza ronda la incertidumbre de si te gustará más o menos, de si todo saldrá como lo has planeado o quizás mejor, y entonces llega ese día tan ansiado y puedes sentir esa ilusión, ese pellizco en el estómago desde el minuto uno, lo que te indica que todo va según las expectativas.
Recorridos unos kilómetros vas aprendiendo sobre la marcha y palpando una a una esas sensaciones que tan solo eran un espejismo en tu mente. La primera parada llega demasiado pronto por que estás deseando comentar y compartir con tus hermanos de carretera las primeras impresiones para así poder comprobar que lo que sientes no es algo que te pasa a ti sólo si no que se ha contagiado a todo el grupo.
Reanudas la marcha y ahora que ya has comprobado que no es un sueño, que es real, lo empiezas a disfrutar. Te planteas si estas muy verde, o si tienes mucho que aprender, pero es muy gratificante y divertido así que intuyes que esta sólo es la primera de muchas.
Antes de llegar al final de la primera jornada y mientras disfrutas del recorrido la cabeza se llena de nuevos proyectos y miles de planes que habrá que ordenar, entonces es cuando te das cuentas que ya no hay antídoto para el veneno que llevas dentro, por que te has enganchado sin remedio alguno.